7.7.07

una fenomenología de la melancolía


Creo que ya es una redundancia decir que Lima es una ciudad melancólica. Como con el huevo y la gallina, no se sabe qué fue primero, la melancolía o Lima. En verano, la melancolía pasa piola. Pero en invierno nada ni nadie se le escapa. Todo, edificios, casas, jardines, parques, avenidas, calles, carros, perros, gatos, árboles, más los 10 millones de habitantes que somos y los miles de turistas, perdidos en los lugares supuestamente notables de la incomprensible urbe, y toda la basura que generamos, todo se amalgama indiferentemente en una especia de gran sopa, hecha de una variedad de grises. La neblina cubre y envuelve todo con su manto gris. La neblina gris pesa sobre nuestras cabezas grises y oprime nuestras almas grises. La melancolía se esparce lentamente, dejando sus trazos, estrías, rajaduras, perforaciones y pinceladas negras por las calles, en paredes, postes, plantas, troncos, veredas, bancos y rostros, en cuanta superficie encuentre a su paso. Por donde uno pasa, camina, mira, están escritos y plasmados los signos de la melancolía.





















2 comentarios:

[aN] dijo...

Creo que ya todos nos acostumbramos a la melancolía de Lima.
Genial la foto del grifo del milenio pasado.

Omargal dijo...

Gracias por el post, Claudia. Seguiré leyéndote con gusto y te voy a tomar la palabra respecto al tus fotos. Gracias. Un saludo. Checa mi blog, hice un mención sobre ti.